viernes, 16 de febrero de 2018

LA PRIMERA SELECCIÓN



27-11-2017

LA PRIMERA SELECCIÓN

La mayoría de les personas de mi expedición todavía se encontraban bajo los efectos de la “ilusión de indulto”; no perdían la esperanza de ser liberados de inmediato o, al menos, imaginaban que aquello iba a terminar bien. Éramos incapaces de captar la auténtica realidad de nuestra condición y se nos escaba el significado de los acontecimientos. Como muestra de ello expongo la siguiente escena (hasta la tarde no comprendimos su verdadero sentido: nos ordenaron dejar el equipaje de manos en el tren y formar en filas de dos, una de hombre y otra de mujeres, para desfilar ante un oficial de la SS de alta graduación. Avanzamos hacia aquel hombre alto y delgado, vestido con un uniforme impecable y reluciente que le sentaba como anillo al dedo. Ese porte distinguido, elegante y atildado contrastaba bruscamente con nuestro aspecto sucio y mugriento después de semejante viaje hacinado en el tren. Ahora casi lo tenía frente a frente. Movía con parsimonia el dedo índice de su mano derecha hacia un lado o hacia otro, hacia la derecha o hacia la izquierda. En aquellos momentos ignorábamos por completo el siniestro significado de aquel leve movimiento del dedo: apuntaba con más frecuencia a la derecha…
Llegó mi turno. Alguien me susurró que a la derecha implicaba trabajos forzados, mientras que la izquierda se reservaba para los enfermos e incapacitados, a quienes se trasladaría a un campo especial. Me abandoné sin resistencia a los acontecimientos; un comportamiento que repetí varias veces durante mi internamiento –y que ahora reconozco como una de las reacciones instintivas de la supervivencia y, a la vez, del abandono-.
Me esforcé por caminar de modo que pareciera brioso. El hombre de la SS me escudriñó de arriba abajo, pareció dudar y puso sus manos sobre mis hombros. Intenté con todas mis fuerzas mantenerme firme y aparentar capacidad para trabajar. Me hizo girar a la derecha.
Al atardecer no explicaron el significado del “juego del dedo”. Se trataba de la primera selección, el primer veredicto sobre nuestra aniquilación o nuestra supervivencia.
No sabía que hacer porque el hombre me intimidaba con su mirada fría y sus ojos marones casi negros. Tenía que seguir a la mano, al dedo que me indicaba a la derecha, con mis pasos más lentos y suaves me puso en marcha hacia allí. Todos me miraban con una cara triste por mí, los de la cola con esperanza, los de la izquierda con felicidad y por último, los de la derecha con una mirada melancólica y llorando. El dedo ya había decidido y yo como si ya hubiera muerto me dirigí al lado correcto. 
Una vez allí, escuchaba la gente hablar bajito sobre lo que nos pasaría. Algunos decían que nos matarían a la mitad de ellos para demostrar que iban en serio que no se podía jugar con ellos ni engañarlos, otros decían que nos forzarían a hacer los trabajos de campo y que cada día matarían a uno diferente para darnos de comer. Jo no creía en ninguna de ellas, eran demasiado violentas y yo pensaba que como nos necesitaban a todos nos dejarían vivir con duras penas. Pero eso no era lo que más me asustaba, si no porqué las mujeres se iban excepto una, mi hermana, ella no se iba con ellas, ella estaba con unos guardas porque el señor SS las había dicho que la cogieran que pasara con ella. 

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