27-11-2017
LA PRIMERA SELECCIÓN
La mayoría de les
personas de mi expedición todavía se encontraban bajo los efectos de la
“ilusión de indulto”; no perdían la esperanza de ser liberados de inmediato o,
al menos, imaginaban que aquello iba a terminar bien. Éramos incapaces de
captar la auténtica realidad de nuestra condición y se nos escaba el significado
de los acontecimientos. Como muestra de ello expongo la siguiente escena (hasta
la tarde no comprendimos su verdadero sentido: nos ordenaron dejar el equipaje
de manos en el tren y formar en filas de dos, una de hombre y otra de mujeres,
para desfilar ante un oficial de la SS de alta graduación. Avanzamos hacia
aquel hombre alto y delgado, vestido con un uniforme impecable y reluciente que
le sentaba como anillo al dedo. Ese porte distinguido, elegante y atildado
contrastaba bruscamente con nuestro aspecto sucio y mugriento después de
semejante viaje hacinado en el tren. Ahora casi lo tenía frente a frente. Movía
con parsimonia el dedo índice de su mano derecha hacia un lado o hacia otro,
hacia la derecha o hacia la izquierda. En aquellos momentos ignorábamos por
completo el siniestro significado de aquel leve movimiento del dedo: apuntaba
con más frecuencia a la derecha…
Llegó mi turno.
Alguien me susurró que a la derecha implicaba trabajos forzados, mientras que
la izquierda se reservaba para los enfermos e incapacitados, a quienes se
trasladaría a un campo especial. Me abandoné sin resistencia a los
acontecimientos; un comportamiento que repetí varias veces durante mi
internamiento –y que ahora reconozco como una de las reacciones instintivas de
la supervivencia y, a la vez, del abandono-.
Me esforcé por
caminar de modo que pareciera brioso. El hombre de la SS me escudriñó de arriba
abajo, pareció dudar y puso sus manos sobre mis hombros. Intenté con todas mis
fuerzas mantenerme firme y aparentar capacidad para trabajar. Me hizo girar a
la derecha.
Al atardecer no
explicaron el significado del “juego del dedo”. Se trataba de la primera
selección, el primer veredicto sobre nuestra aniquilación o nuestra
supervivencia.
No
sabía que hacer porque el hombre me intimidaba con su mirada fría y sus ojos
marones casi negros. Tenía que seguir a la mano, al dedo que me indicaba a la
derecha, con mis pasos más lentos y suaves me puso en marcha hacia allí. Todos
me miraban con una cara triste por mí, los de la cola con esperanza, los de la
izquierda con felicidad y por último, los de la derecha con una mirada
melancólica y llorando. El dedo ya había decidido y yo como si ya hubiera
muerto me dirigí al lado correcto.
Una
vez allí, escuchaba la gente hablar bajito sobre lo que nos pasaría. Algunos
decían que nos matarían a la mitad de ellos para demostrar que iban en serio
que no se podía jugar con ellos ni engañarlos, otros decían que nos forzarían a
hacer los trabajos de campo y que cada día matarían a uno diferente para darnos
de comer. Jo no creía en ninguna de ellas, eran demasiado violentas y yo
pensaba que como nos necesitaban a todos nos dejarían vivir con duras penas.
Pero eso no era lo que más me asustaba, si no porqué las mujeres se iban
excepto una, mi hermana, ella no se iba con ellas, ella estaba con unos guardas
porque el señor SS las había dicho que la cogieran que pasara con ella.
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